Vivir en Barcelona es darse de bruces con el fenómeno del turismo de masas. No hay lugar donde poder huir o esconderse, los turistas están por todas partes y durante todo el año. Ni si quiera hace falta verlos para darse cuenta de su presencia, el ruido incansable de las maletas de ruedas sobre las aceras a cualquier hora del día y de la noche lo atestigua. Es más que evidente que este tipo de turismo se ha convertido en una problemática para los habitantes de la ciudad; de hecho, es la principal preocupación de los barceloneses por encima del paro, según el último barómetro del Ayuntamiento y no solo se debe a las molestias causadas por la masificación en los espacios públicos y por un tipo de turistas incívicos que solo busca la diversión y emborracharse, sino que se extiende a los procesos de gentrificación –término hoy cotidiano- que sufren algunas zonas, a la sustitución de los comercios locales por los negocios turísticos, al reemplazo de la vivienda residencial por la vivienda de uso turístico y especulativo, a la subida incesante de alquileres y, en definitiva, a todo aquello que fomenta la venta (o prostitución, más bien) de la ciudad en favor del turismo masivo.

Ahora que, además, la prensa empieza a visualizar dicha problemática y se divulgan conceptos como “turismofobia”, los políticos también se ponen a hablar del tema y, asustados (dicen) por la mala imagen que esta palabra puede dar a la ciudad a nivel internacional, prometen nuevas medidas de gestión urbana como la agilización de los trámites de acceso a los lugares turísticos y la creación de rutas alternativas. De este modo, en lugar de concentrarse en el centro histórico de la ciudad, los turistas podrán llegar a otros espacios, todavía no masificados. Vaya, que más que una erradicación del problema, suena a una política de expansión (camuflada).

Barcelona_La_Rambla_-_2011-04-23_04_-_JTCurses

Ante esta situación que parece no tener fin, sino todo lo contrario: cada año aumenta el número de turistas (más de 30 millones en 2016), hay más vecinos que tienen que abandonar su hogar, los alquileres son cada día más altos, hay más residencias turísticas, procesos de especulación y aburguesamiento y el gobierno no parece tener la intención de frenar una de sus industrias más preciadas, en cuanto a rentables; resulta necesario replantearse el concepto de turismo y, especialmente, la figura del turista. Cuestionarse, para empezar: ¿qué tipo de turistas somos? Dentro de la industria del turismo, sumida en el neocapitalismo y donde lo único que importa es el consumo, quizá la única salida que tengamos se encuentre en nosotros mismos, en reflexionar sobre nuestra condición de turistas porque, al fin y al cabo, todos lo somos alguna vez (si no siempre, aunque estemos en nuestra propia ciudad) y buscar alternativas. Buscar, tal vez, otras maneras de viajar y otros relatos que contar.

¿Por qué viajamos? Ahora que viajar se ha democratizado y podemos llegar casi a cualquier parte del mundo por poco dinero y en poco tiempo, nos sentimos libres al salir de nuestra rutina y descubrir lugares inexplorados que, paradójicamente, dejan de serlo en cuanto llegamos. Pero, ¿somos realmente libres al viajar? El concepto de viaje se relaciona con el de ocio, el cual se estableció en las clases trabajadoras de la Revolución Industrial para que fueran más rentables y productivas, a la vez que se les daba una falsa sensación de libertad. Trabajamos (producimos) para descansar, descansamos para consumir y el consumo implica más producción: círculo vicioso y perverso. Hoy, conscientes de nuestra sociedad neoliberal y capitalista, sabemos que el sistema nada hace por nosotros y que el turismo no es más que otra artimaña de control sobre nuestro tiempo libre: viajar, cambiar nuestra monotonía, conocer nuevos lugares. Así que, trabajamos más durante el resto del año para poder financiar nuestras vacaciones. Fin de la historia o vuelta a empezar.

Una vez llegado el anhelado periodo vacacional, ¿qué modo de viajar tenemos? ¿No acabamos haciendo el mismo circuito cerrado que todos hacen, impuesto por la propia industria turística, viendo (si se puede llamar ver o mirar con cientos de turistas haciéndose un selfie delante de la obra o monumento en cuestión) lo que nos dijeron que “había que ver” y concluir nuestra visita en la tienda de souvenirs para llevarnos el recordatorio o la muestra a casa de que estuvimos ahí? ¿Realmente miramos o invertimos nuestro tiempo en llegar al típico monumento, obra de arte o lugar para hacer la foto (esta vez con nosotros en ella), para pasar a la siguiente y poder contar a la vuelta que hemos visto todo aquello que estaba en la guía de viaje o en la revista o en Internet o en la televisión? Y si no lo pudiéramos contar, ¿viajaríamos?

Barcelona_Sagrada_Familia_-_kościół_Świętej_Rodziny_-_panoramio_-_krysi@_(1)

Cabría también cuestionarse dónde estuvimos exactamente. ¿Es real? ¿Es real comerse una paella congelada en el paseo marítimo de la Barceloneta, hacer un tour en el bus turístico o alquilar un patinete eléctrico? Ser turista es estar completamente fuera de la realidad, es transitar en un parque temático cada vez más amplio y absurdo, creado únicamente para el consumo. Todos los lugares son macabramente parecidos, en todos encontramos tiendas de souvenirs o restaurantes de comida rápida que nos proporcionan cierta seguridad y familiaridad. De hecho, la propia ciudad de destino se adapta a lo que espera el turista de su visita, a aquello que previamente se le ha vendido como “auténtico” en Internet, en el cine, en las postales o en las guías de viaje y no es más que una escenificación de lo local marcada por estereotipos, por aquello que es “más español” o “más catalán”, en el caso de la Ciudad Condal. ¿Se acerca realmente el visitante a la localidad visitada o mantiene la imagen preconstruida que le motivó a realizar su viaje? ¿Y qué es lo auténtico? ¿Existe una ciudad auténtica en un mundo globalizado y homogéneo como el nuestro? Viajar a la manera turística es como no haber viajado, como no haber estado en ese lugar, sino únicamente en su proyección.

Barcelona se convierte así en una ciudad de fantasía o de ficción, en una ciudad simulada o representada donde todos somos meros actores. En esa imagen de una Barcelona mediterránea, europea, cosmopolita y vivaz que se generó desde principios del siglo XX, enfatizada a partir de los Juegos Olímpicos del 92 y que todavía se encuentra en la mayoría de los carteles o anuncios publicitarios. Así, los objetos y las personas se convierten en productos mercantilizados, patrimonios y vidas que se turistifican, con todo lo que eso conlleva: explotación, precarización y alienación de los trabajadores del turismo. Y aún peor, al mostrar una imagen construida y ajustada al consumo, una parte de nosotros desaparece. ¿Qué nos queda de quienes somos o éramos?

arc-triomf_

En este sentido, el patrimonio y los museos también se adaptan al turismo masivo y se van convirtiendo, sin excepción, en centros comerciales o parques temáticos en sí mismos basados en el entretenimiento y el consumo irracional. En Barcelona, por citar un ejemplo de tantos, encontramos la conocida Casa Batlló de Gaudí, la cual se ha transformado en una fábrica para turistas, en un producto más que consumir del Passeig de Gràcia. Se le menciona como monumento representante del Modernismo y de Gaudí, pero la realidad es que dejó de serlo hace mucho tiempo, pues se trata de una empresa privada que lo explota para hacerlo cada día más rentable y nada le importa la idea de patrimonio histórico y su conservación; es un negocio, un lugar sin aforo limitado donde se ofrece una experiencia de realidad aumentada y virtual a través de una videoguía o SmartGuide, a la moda y pobre en contenido. ¿Vale la pena esperar horas de cola en pleno agosto para entrar a un lugar masificado, falseado e infantilizado mediante una pantalla, desprovisto por completo de su valor histórico y/o patrimonial? Y todo ello por el módico precio de 23’5€. Pero claro, es un must en la guía, forma parte de la Ruta del Modernismo, aparece en los blogs, en las redes sociales y, además, tiene una tienda de regalos donde puedes comprar un libro sobre Gaudí o un imán para la nevera que confirme a la vuelta a casa que tú estuviste ahí. Sin darnos cuenta de que el souvenir, producido en masa, es el mismo estereotipo, pero esta vez miniaturizado y convertido en fetiche.

¿Es posible vivir una experiencia estética dentro de la masificación y la programación turística, es posible emocionarse (al modo de Stendhal en Florencia) frente a una obra de arte o monumento hoy en día? Quizá lleguemos a manifestar síntomas similares como un elevado ritmo cardíaco, vértigo o confusión, causados probablemente por el calor y la aglomeración de turistas; pero, ¿emocionarse?, parece, cuanto menos, complicado. Si ya nuestra sensibilidad parece esfumarse en esta “sociedad liquida” a la que se refería Bauman, marcada por el cambio constante, el exceso de información y las relaciones fútiles construidas en las redes sociales; el turismo intensifica nuestra parálisis emocional. Y como todo es exceso en esta sociedad, lo que importa es la acumulación de lugares, de vivencias y no la experiencia en sí misma.

Pero no importa, el tour turístico se sigue ampliando más allá del casco histórico de la ciudad y los monumentos tradicionalmente representativos porque el turismo no tiene fronteras. Un ejemplo de ello lo encontramos en los bunkers de El Carmel, zona bastante desprestigiada hasta hace relativamente poco que se ha ido promoviendo por la industria y la prensa como un nuevo reto al turista donde poder reconocer desde lo alto todos los monumentos que “había que ver” y que seguramente “ya ha visto”. MacCannell así lo advertía en su libro El turista. Una nueva teoría de la clase ociosa (2003), el turista contemporáneo prefiere reconocer, buscar y confirmar los estereotipos mentales que conocer realmente.

4470710448_2a5f15af16_z

Surgen también artículos periodísticos que hablan de las playas secretas de la Costa Brava, desconocidas por la multitud, para volver a la misma paradoja: ¿hasta cuándo estarán a salvo si se acaban de publicitar, si el turismo es una industria que siempre está al acecho de nuevos lugares y nuevos públicos? Asimismo, se empieza a adquirir una conciencia de la necesidad de un turismo ético, llamado a veces turismo ecológico, ecoturismo o turismo sostenible, que apuesta por un turista “de calidad”, más civilizado y sofisticado, que visite otros lugares menos manipulados y respete a la población local. Pero, reitero: ¿después de este tipo de turismo alternativo cuánto tiempo puede mantenerse un lugar a salvo del turismo de masas?

Una vez formuladas todas estas cuestiones, surge otra pregunta inevitable: ¿existe una solución al turismo? Un primer paso, como antes se apuntaba, es fomentar el discurso, el diálogo y la reflexión en torno a la problemática del modelo de turismo actual; un ejercicio que, por fortuna, ya se está realizando en Barcelona y que no solo se manifiesta en el descontento de algunos ciudadanos, sino que se va extendiendo a más esferas de la sociedad. Precisamente, el pasado sábado 1 de julio pude asistir a un tour de relatos alternativos por la Barcelona turística, organizado por el Festival de les arts i del disseny (FADFEST’17) –centrado este año en la temática del turismo-, en el que se recorrían los monumentos y lugares típicos de la ciudad (desde el Park Güell o la Sagrada Familia hasta la Barceloneta o el Barrio Gótico), esta vez narrados por antropólogos, arquitectos, historiadores del arte y diseñadores que invitaban a mirar desde otra perspectiva la ciudad y sus símbolos, así como a reflexionar sobre sus estereotipos –históricamente ligados a la industria turística.

De este modo, los asistentes –convertidos en turistas por un día de nuestra propia ciudad- pudimos escuchar otros relatos de una Barcelona que está en venta desde antes del 92 y que destruyó su pasado industrial a favor de una economía terciaria o de servicios; una Barcelona que desde finales del siglo XIX, siguiendo al resto de ciudades europeas, buscaba una identidad que le otorgara prestigio para entrar en el mercado global y que se escenificó a sí misma como una ciudad moderna, europea, ordenada y mediterránea, toda una estrategia para cambiar el modelo de ciudad y en la que el turismo tuvo una función clave. Una imagen irreal, pero que se ha extendido hasta nuestros días sin demasiados cambios. Una ciudad que se ha construido como un parque temático (desde la Exposición Universal de 1888, pasando por las arquitecturas de feria y distracción de Gaudí hasta el Poble Espanyol), proyectada para sintetizar en una sola postal la ciudad ideal que aspiraba ser. Donde la Sagrada Familia se erigió contra el pueblo, como un templo expiatorio de los pecados de los barceloneses y que contra el pueblo continúa –no olvidemos el proyecto arquitectónico para el 2026 que prevé destruir la calle Mallorca y derribar dos manzanas de viviendas.

barcelona_1929

Otras voces que nos revelan el turismo como una hospitalidad comercializada, diseñada por el sistema capitalista y basada en la sociedad de clases, donde priman las relaciones de poder y se impone la ideología de la clase dominante. El turismo como una industria y estrategia política que se extiende de lo macro a lo micro (Europa, Barcelona, Barceloneta, nuestra casa). Otros relatos, en definitiva, que nos muestran una historia encubierta y alternativa de la ciudad que posiblemente duela, pero que resulta tan necesaria recuperar en un momento en el que el turismo que se impone hoy no puede continuar por la sencilla razón de que los ciudadanos han dicho PROU y porque perder la ciudad es perder la sociedad. Porque, ¿qué es una ciudad sin sus habitantes?

No obstante, si algo quedó claro en las charlas del tour es que los barceloneses no están en contra del turismo o los turistas, sino en contra del modelo actual de la industria turística que se presenta violenta entre anfitriones e invitados –usando la terminología antropológica. Barcelona, debido a su emplazamiento portuario, siempre ha estado abierta al extranjero, al otro y es rica por sus relaciones tanto comerciales como culturales a lo largo de su historia. Hoy en día no existe el intercambio cultural, el turismo destruye el mismo objeto de su deseo, es una fuente de contaminación y de destrucción cultural. Si existe algún contacto entre turistas y locales suele ser molesto, debido a que las relaciones sociales en el área del turismo se apoyan principalmente en formas de consumo, producción y transformación de recursos.

Manifestacio-Rambles-Barcelona-Turisme-Massiu_EDIIMA20170128_0217_19

En este sentido, en su libro Rincones de postales. Turismo y hospitalidad (2014), Estrella de Diego propone, partiendo de Derrida, cambiar el turismo por la hospitalidad. La hospitalidad, sin embargo, debe ser recíproca; es decir, abrir la puerta de nuestra casa y estar dispuesto a entrar, en su significado más amplio: compartir nuestras costumbres, nuestro modo de ser y de vivir. Solo así se produce el intercambio cultural e, incluso, un vínculo de afecto con el otro. No obstante, para que el anfitrión ofrezca su hospitalidad y comparta su cotidianidad, el invitado debe estar dispuesto a recibirla y, por tanto, a renunciar a las propias pretensiones y fantasías inculcadas desde el turismo. ¿Se puede venir a Barcelona y no ver la Sagrada Familia o el Park Güell? Sí, se puede. Incluso, se puede pasear por las calles de la ciudad y encontrar una plaza, pasaje o monumento espontáneamente y, en este caso, poder sorprendernos y disfrutar de su admiración y ambiente cotidiano, sencillamente porque no lo esperábamos. Se puede viajar solo y descubrirse a sí mismo, o visitar a un amigo y aprender a cocinar un plato regional. Se puede hacer lo que la gente local hace en la ciudad cualquier domingo y no querer verlo todo porque ya sabemos que “ver todo lo que hay que ver”, a la manera turística, es perderse una gran parte de la historia.

 

 

 

 

 

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s