El origen del caníbal

“Toda comprensión de otra cultura es un experimento con la propia”
Wagner

No podía ser otro que Cristóbal Colón el hombre que inventara el término “caníbal” cuando llegó a América. El almirante genovés parecía entender perfectamente a los primeros indígenas que encontró, los arawak o taínos, a los cuales llamó “indios buenos” porque eran “gente muy mansa y muy temerosa, desnuda, como tengo dicho, sin armas y sin ley”[1]. Fueron estos mismos los que le contaron que existían otros indios “malvados” que habitaban en tierras lejanas y que comían carne humana.  

Pero no será hasta días más tarde, el 23 de noviembre de 1492, cuando acuñe la palabra caníbal en la isla de la actual Cuba, ya que los taínos que aquí se encontraban decían que en la isla de Bohío (Haití)  había “[…] gente que tenía un ojo en la frente, y otros que se llamaban caníbales, a quien mostravan tener gran miedo […] porque los comían y que son gente muy armada”[2]. Ante esta descripción, Colón se mostraría escéptico en un primer momento y establecerá una conexión etimológica entre los caníbales y los indios del Gran Can: “Caniba no es otra cosa que la gente del Gran Can, que deve ser aquí muy vezino; y tenrá navíos y vernán a captivarlos, y como no buelven, creen que se los han comido”[3], ya que lo mismo habían creído los indios de los cristianos cuando los vieron.

Albert_Eckhout_Tapuia_woman_1641Mujer tapuia, Albert Eckhout, 1641

Poco después, no obstante, vuelve a creer en la existencia de antropófagos cuando unos indios le muestran que “les faltavan algunos pedaços de carne de su cuerpo […] que los caníbales los avían comido a bocados”[4] y para el 26 de diciembre ya habla de su destrucción, siendo el 13 de enero de 1493 el primer combate donde se derramó sangre indígena en la isla de Guadalupe. Desde este momento, Colón no dejó de encontrar caníbales en sus viajes y para entonces ya era todo un experto en la materia, sin haberlos visto nunca, distinguiéndolos porque “la deformidad del gesto” [5] así lo indicaba.

Tenemos aquí establecidos los dos tipos de indígenas que el pensamiento binario europeo podía concebir: el “buen salvaje” y el caníbal, los buenos indígenas, inocentes, sin armas y los malos, armados, que se resistían a la conquista. Estos últimos, además de comerse a los hombres, se decía que tenían cara de perro y un solo ojo. Cabría preguntarse de dónde viene esta imagen híbrida que Colón tenía en su cabeza y, llegados a este punto, quizá sea más apropiado establecer que la interpretación que hace de los caníbales se deba más a su mala traducción de la lengua indígena y, especialmente, a la herencia de las creencias religiosas y mitos clásicos occidentales, pues ¿no nos recuerdan a los cíclopes de Homero y a los cinocéfalos de Plinio?

No fue en América la primera vez que se habló de antropofagia, desde Heródoto en Occidente se sabía que existían hombres monstruosos que comían carne humana. No podemos olvidar a Saturno devorando a sus hijos o a Polifemo comiéndose a los camaradas de Ulises. Incluso Tomás de Aquino decía que los peores vicios eran los que excedían la normalidad de la naturaleza humana como deleitarse “en comer carne humana o en la bestialidad o la sodomía”[6]. Y entre los caníbales occidentales se encontraban, por supuesto, los judíos, los otros por antonomasia. Ya los griegos los acusaron de realizar rituales caníbales y durante la Edad Media fueron perseguidos por profanación de hostias, asesinato de niños y vampirismo.

Todas estas fantasías en torno a seres demoniacos y come-hombres, junto a las brujas –de las que más adelante hablaremos-, tuvieron su apogeo en la época medieval con los llamados libros de mirabilia y los conquistadores, al llegar al Nuevo Mundo, no pudieron despojarse de aquellas tradiciones, simplemente las desplazaron de lugar. Fueron, principalmente, dos relatos de viajes de la Edad Media los que influenciaron directamente a Colón: el Libro de las Maravillas (1276-91) de Marco Polo y Los viajes de Sir John Mandeville (1357-71) de autor anónimo. Marco Polo dijo que había una raza de hombres asiáticos que tenían cabezas como perros, y los dientes y los ojos como los perros, porque les aseguro que todo el aspecto de la cara es la de grandes mastines. Son una raza muy cruel: siempre que puedan controlar a un hombre que no es uno de su clase, lo devoran”[7].

Pensemos, además, que Colón creía estar en Asia (confundió Cuba con Cathay) y de ahí también su asociación de los caníbales con la gente del “Gran Khan”, lugar donde Marco Polo dijo que había estado en su viaje a Asia. Así que, después de las experiencias de sus antecesores y de la necesidad de reducir lo desconocido a lo cercano y familiar para poder manejarlo, el almirante no pudo dudar finalmente de la existencia de caníbales en aquellas tierras y de que estos tuvieran un rostro canino como los hombres de Marco Polo.

La leyenda de la existencia de estos seres híbridos en el Nuevo Mundo siguió construyéndose en Europa a partir de ilustraciones que fueron recogidas por diferentes artistas y editoriales y que luego, a su vez, se reprodujeron popularmente. En este sentido, no es de extrañar que una de las primeras imágenes que personificó a los caníbales se titulara Cinocéfalos (1525), de Lorenz Fries.

cynocephales, Lorenz Fries, Uslegung der Mercarthen oder Carta Marina, Strasbourg, 1525Cynocephales, Lorenz Fries. Strasbourg, 1525

Mujeres caníbales: doblemente otras.

“Y como viese la mujer que el árbol era bueno para comer, apetecible a la vista y excelente para lograr sabiduría, tomó de su fruto y comió, y dio también a su marido, que igualmente comió.”
Génesis, Segundo acto: pecado, 3:6

Ya hemos visto como los caníbales siempre eran los otros: asiáticos, judíos, paganos, indígenas…, pero si había algo más infame que un caníbal era, por supuesto, una mujer caníbal, doblemente otra. Se decía que las mujeres indígenas eran aún más voraces que cualquier otro salvaje y veremos cómo se traspasa en ellas todo el pensamiento europeo sobre lo femenino: sus prejuicios, mitos, fantasías e intereses.

Los españoles, además de cíclopes, cinocéfalos y caníbales, vieron también en el Nuevo Mundo a sirenas y amazonas, de nuevo mitos clásicos que se potenciaron en la Edad Media y que todavía estaban vigentes en las mentes de los conquistadores. De las sirenas, Colón escribe en el diario de su primer viaje que las había visto, pero que no eran tan bellas como contaban y que tenían cara de hombre. En cuanto a las mujeres salvajes, los “indios buenos” informaron a Colón que existía la isla de Matinino, la cual estaba poblada por “mujeres sin hombres”[8] y éstas hicieron recordar al almirante a las amazonas clásicas. La noticia la retomaron otros cronistas de la época como Grijalva que creyó verlas en Yucatán o Hernán Cortés que escuchó hablar de ellas en México.

400px-Guerrero_Mujer_Picta_de_BryJoven picta (1590), Theodor De Bry

Así que ya tenemos a las mujeres guerreras y asesinas de hombres que cohabitaban con los caníbales en la misma isla y que se unían a ellos sexualmente formando una familia salvaje y feliz. Se trata de una asociación misógina entre feminidad y antropofagia que se creó desde Occidente, pero que no nació de su relación con el Nuevo Mundo, sino que gozaba de una tradición mucho más lejana, desde Aristóteles nada menos, quien hablaba de casos concretos de antropofagia como “el caso de la mujer hombruna que abre en canal a las embarazadas y se come a los niños”[9].

Volviendo a América, no sólo existían los caníbales y canibalesas que Colón creyó ver en las Antillas Menores, también se acusó de antropofagia a los aztecas de México y a los tupinambá de Brasil. Será en esta última tribu donde las mujeres tengan más presencia, Américo Vespucio fue uno de los primeros en hablar de ellas en 1504 en una carta que escribió a Piero Soderini, en la que narraba cómo uno de sus compañeros fue atacado con un garrote por las mujeres que allí habitaban, que lo despedazaron “y en un gran fuego que habían hecho, lo estaban asando a nuestra vista, mostrándonos muchos pedazos y comiéndoselos”[10].

Dentro de las mujeres tupinambá, las más voraces eran las ancianas o así lo expresaba Jean de Léry en su viaje a Brasil: “En seguida, las otras mujeres, sobre todo las viejas, que son más golosas de carne humana y ansían la muerte de los prisioneros, llegan con agua hirviendo, limpian y escaldan el cuerpo a fin de arrancarle la epidermis”[11]. Además, preferían comerse los órganos sexuales masculinos o, como las tupinambá (jóvenes y viejas) eran tan “lascivas”, hacían “hinchar los miembros de sus maridos de tal modo que parecen deformes y brutales y esto con cierto artificio suyo y la mordedura de ciertos animales venenosos; y por causa de esto muchos de ellos lo pierden y quedan eunucos”[12], en palabras de Américo Vespucio.

Podemos ver claramente como se aprovecha la visión judeocristiana de lo femenino como origen del pecado y de la pérdida del paraíso, así como el miedo cultural de Occidente a la mujer (que liberaba los instintos más indignos y carnales de los hombres, según la tradición cristiana) y el temor a la castración. Por supuesto, los pecados de gula y lujuria se asociaban normalmente a las mujeres y esto se traslada a la representación del canibalismo.

Pero la historia no acaba aquí, en América también había brujas que podían ser las mismas canibalesas. Colón relata en su cuarto viaje que “en Cariay, y en esas tierras de su comarca son grandes hechiceros y muy medrosos. […] Cuando llegué allí, luego me inviaron dos muchachas muy ataviadas; la más vieja no sería de once años, y la otra de siete; ambas con tanta desenvoltura, que no serían más unas putas; traían polvos de hechizos escondidos”[13]. No se olvida tampoco, por tanto, la tradición occidental de las brujas que desde la Edad Media habían sido perseguidas en la Europa católica y protestante  por ser consideradas herejes y consumidoras de carne humana, especialmente de niños.

De hecho, la primera representación del canibalismo se concebirá mediante figuras femeninas asociadas a la iconografía de brujería. Las estampas de caníbales, especialmente de las viejas tupinambá, adquieren características de las brujas de la pintura alemana. Theodor de Bry (1528-98), ilustrador flamenco, será el que realice las imágenes más conocidas al respecto derivadas del relato del viaje a Brasil de Hans Staden.

deBryCannibals1592“Tupinambá asando carne humana” (1590-92), Americae tertia pars momorabilem, Theodor De Bry

Que la mayoría de las mujeres caníbales sean viejas no es algo fortuito, sino que tiene que ver con la moral europea, la cual entiende que una vida llena de pecado y de consumo de carne humana lleva consigo la degeneración del cuerpo. Las viejas caníbales simbolizan los peores vicios y pecados y, por este motivo, se representan demacradas y escuálidas, resultado de sus costumbres salvajes. Se asocian igualmente a los demonios de la tradición católica.

Asimismo, hubo quien también vio lesbianismo entre algunas mujeres indígenas de Brasil o así lo narraba el portugués Pero Correia en 1551: “de manera que ay acá algunas mujeres, que ansí en armas como en todas otras cosas siguen oficio de hombres; y tienen otras mujeres con que son casadas. La mayor injuria que les pueden hacer es llamarles mujeres: en tal parte, se lo llamara alguna persona, que correra peligro de tirarle frechadas…”[14]

America, Philippe Galle, 1581América (1581), Philippe Galle

Advertimos, pues, que América se concibe por los conquistadores como una mujer que se teme, pero que al mismo tiempo se desea. De ahí que las primeras imágenes que representaban al continente americano, a modo de alegoría, lo hicieran a través de una figura femenina que aparecía desnuda o semidesnuda, con una lanza en sus manos y bien pisando una cabeza degollada o bien sujetándola en una de sus manos, como podemos ver en la representación de América de Philippe Galle en 1581.

Al mismo tiempo, América se desea no sólo por ser una tierra nueva y llena de metales provechosos, sino también porque hay en ella mujeres que se muestran desnudas y salvajes. En este sentido, es curiosa la otra parte de la historia: los conquistadores al maravillarse por las mujeres que encontraron en el Nuevo Mundo recurrieron a prácticas prohibidas en la religión cristiana, es decir, a la poligamia. Aunque, en palabras de Vespucio, este suceso fue culpa de aquellas mujeres que, “llevadas de su mucha lujuria”[15], abatían y manchaban el pudor de los cristianos.

En definitiva, América se concibe al mismo tiempo “virgen y devoradora, agresiva y seductora, festiva y siniestra”[16], y la acusación de antropofagia sirvió para justificar la conquista y establecer a Europa como centro del poder y de la historia; para defender, en beneficio de la colonización, sus intereses políticos (había que evangelizar a tales monstruos para salvar su alma) y económicos (el oro siempre estaba, casualmente, un poco más lejos y donde vivían los caníbales).

[1] COLÓN, Cristóbal (1982), Textos y documentos completos, relaciones de viajes, cartas y memoriales (Prólogo y notas de Consuelo Varela), Alianza, Madrid, p.51.
[2] Ibid; p.62.
[3] Ibid; p.78.
[4] Ibid; p. 99.
[5] Ibid; p.301.
[6] CASTAÑEDA, Felipe (2008), Ensayos sobre la antropofagia y buen comer en la filosofía antigua y medieval, Universidad de los Andes, Bogotá, p. 180.
[7] POLO, Marco (1276-91), El libro de las maravillas, consultado en http://www.librosmaravillosos.com/ellibrodelasmaravillas/index.html.
[8] COLÓN, Cristóbal (1982), Textos y documentos completos, relaciones de viajes, cartas y memoriales (Prólogo y notas de Consuelo Varela), Alianza, Madrid, p. 82.
[9] CASTAÑEDA, Felipe (2008), Ensayos sobre la antropofagia y buen comer en la filosofía antigua y medieval, Universidad de los Andes, Bogotá, p. 4.
[10] DARCY, Ribeiro (1992), La fundación de Brasil. Testimonios 1500-1700,  Biblioteca Ayacucho, Caracas, Venezuela, p.75.
[11] LÉRY, Jean de (1961), Viagem à Terra Do Brasil (Traduçao integral e notas de Sérgio Milliet), Biblioteca Do Exército – Editora, p. 157.
[12] DARCY, Ribeiro (1992), La fundación de Brasil. Testimonios 1500-1700,  Biblioteca Ayacucho, Caracas, Venezuela, p.71.
[13] COLÓN, Cristóbal (1982), Textos y documentos completos, relaciones de viajes, cartas y memoriales (Prólogo y notas de Consuelo Varela), Alianza, Madrid, p. 293.
[14] DARCY, Ribeiro (1992), La fundación de Brasil. Testimonios 1500-1700,  Biblioteca Ayacucho, Caracas, Venezuela, p. 23.
[15] Ibid; p. 72.
[16]  JÁUREGUI, Carlos A. (2008), Canibalia: canibalismo, calibanismo, antropofagia cultural y consumo en América Latina, Madrid: Iberoamericana; Frankfurt am Main: Vervuert, p. 55.
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