Nací en 1986 y el primer recuerdo que puedo visualizar de David Bowie se remonta a los años 90, cuando mi tío –quien también me descubrió a personajes tan dispares como Michael Jackson o Rocky Balboa- me regaló la película en VHS de Labyrinth (1986). Diría que ésta, junto a Beetlejuice (1988), fue la cinta de video más gastada durante mi paso de la infancia a la adolescencia. Recuerdo rebobinar, una y otra vez, el principio de la misma para escuchar “Underground” de nuevo y aprender de memoria el recital o conjuro que Sarah (Jennifer Connelly), la protagonista, utilizaría para vencer a Jareth, el rey de los Goblins (David Bowie):

“Por increíbles peligros e innumerables fatigas, me he abierto camino hasta el castillo más allá de la ciudad de los Goblins para recuperar al niño que me has robado. Porque mi voluntad es tan fuerte como la tuya y mi reino igual de grande, no tienes poder sobre mí”.

 

IMG_4822 (2)Cartel original de Labyrinth (1986). Exposición David Bowie Is. Museu del Disseny de Barcelona. Foto: Des Marbel

Sí, ya sé que algunos pensáis que esta película está sobrevalorada y que tampoco se trata de la mejor época de Bowie, pero no puedo –ni quiero- ser imparcial y objetiva al hablar de mis remembranzas preadolescentes. Yo me identificaba con Sarah, una joven que se sentía incomprendida, diferente a los demás y que quería huir del cotidiano de cuidar a su hermano pequeño –también yo soy hermana mayor- y de las “normalidades” de una pequeña ciudad –en mi caso, del sudeste de España- en busca de aventuras en otro tiempo o en otro lugar a través de un personaje andrógino y misterioso que, además, cantaba canciones de rock. Para mí, fue todo un despertar musical y, ahora que recuerdo la escena del baile de máscaras y el encuentro/desencuentro de miradas de los protagonistas con “As the World Falls Down” de fondo, confesaría también que sexual. Esta película, sin embargo, no atraía o no era conocida por todos mis compañeros/as de clase, con ellos compartiría otras aventuras, más comunes en la televisión de la época, como Los Goonies (1985) o Regreso al futuro (1985). Fue más tarde cuando fui encontrando a gente que vivió una experiencia similar a la mía y que cumplía las mismas características: adolescentes algo inadaptados, con inquietudes diferentes y el anhelo de descubrir otros lugares y experiencias más allá de su ciudad natal.

Y pensado más en ello, al salir de la exposición David Bowie Is en el Museu del Disseny de Barcelona, diría que esta es una de las peculiaridades más atractivas de Bowie: esa identidad o identidades creadas a partir del concepto de “outsider”, ese sentirse y declararse extraño, extranjero e, incluso, extraterrestre para dirigirse a esos jóvenes que se sentían igualmente forasteros del lugar que les tocó vivir. Ahí estaba Bowie/Ziggy, rechazando las normas dominantes de la sociedad (hombre/mujer, homosexual/heterosexual, humano/alienígena), para tenderles su mano en las quimeras suicidas, para recordarles que no estaban solos (Rock “n” Roll Suicide, 1972) o que bien podrían ser héroes, aunque sólo fuera por un día (Heroes, 1977).

IMG_4785Instalación audiovisual de “Starman” (1972) de David Bowie. David Bowie Is, Museu del Disseny de Barcelona. Foto: Des Marbel

Si bien Bowie se refirió, en un primer momento, a los jóvenes de la sociedad de los 70, los cuales sufrían ahora el desengaño del optimismo ilusorio de la cultura de los 60 y de las canciones de amor de los Beatles y estaban inmiscuidos, por el contrario, en las alertas del apocalipsis, la guerra nuclear y el cambio climático –un momento en el que cualquiera preferiría estar en una nave espacial, siguiendo un rumbo contrario a la tierra y sin intención de volver (Space Oddity, 1969); el mensaje de sus canciones, no obstante, podría extenderse a toda una etapa del ciclo vital que no entiende ni de épocas ni de espacios: la juventud.

Por mi parte, no empecé a escuchar “de verdad” a Bowie –es decir, empezando por los discos de los 60- hasta los 20 años y lo haría de forma incansable durante mi Erasmus. El porqué está adquiriendo sentido justo en este momento con esa idea de lo foráneo a la que antes me refería. Esta vez como inmigrante en otro país donde, además de descubrir otro idioma y cultura, me topé con una enfermedad vírica que no sabía que existía hasta que se posó en mi espalda. Ahí estaba yo, lejos de mi hogar, encerrada en mi habitación compartida, con la sola compañía de mi herpes zoster y  la canción de “Starman” que sonaba en mis cascos sin cesar, sintiéndome más alienígena que nunca. Por suerte, me curé a las dos semanas y pasó a ser el año en el que más viajé, más gente diversa conocí y más nuevas facetas descubrí de mí misma –de hecho, fue aquí donde me rapé el pelo por primera vez y dejé al descubierto un carácter andrógino que no había imaginado hasta entonces. Sin lugar a dudas, fue una de las experiencias más enriquecedoras que he vivido hasta ahora –aunque  pueda sonar a tópico- y, lo llamemos o no casualidad, David Bowie fue la banda sonora. Si ordenara mi música como Rob Gordon, el protagonista de la película High Fidelity (2000) de Stephen Frears, en relación a los diferentes momentos de mi vida –confieso que desde que la vi he querido hacerlo-, sin duda, Bowie y, más concretamente, Ziggy, estaría en el Top 5 de mi etapa veinteañera.

IMG_4787 (2)Letra original de “Starman” (1972) de David Bowie. David Bowie Is, Museu del Disseny de Barcelona. Foto: Des Marbel

Podríamos afirmar que Ziggy Stardust apareció en 1972 como una manifestación de arte conceptual y la androginia fue una herramienta clave para transmitir ese reencuentro con la parte o género reprimido de nuestro interior y mostrarlo como un aspecto seductor y respetable. Ziggy representaba igualmente al “superhombre” que Bowie había descubierto leyendo a Nietzsche y al icono pop basado en artistas como Richard Hamilton y Andy Warhol, en bandas musicales como los Rolling Stones, Velvet Underground, los Stooges, los Beatles e, incluso, en estrellas del rock and roll más clásico como Elvis Presley o Little Richard. Como si se tratara de un collage, Bowie fue moldeando sus diferentes identidades e imágenes con los restos del pasado para convertirlos en sus propios medios y luego destruirlos sistemáticamente. Y así iba mutando, pasando a la siguiente piel o encarnación (de Ziggy Stardust a Aladdin Sane o El Delgado Duque Blanco), dejando en evidencia sus exploraciones desde el budismo al ocultismo –con sus intermitencias nazis; hasta llegar a los 80 tal vez exhausto, pero igualmente libre. Y ahí es donde radica su talento único o –como muchos denominan- camaleónico, pues más allá de su estilo musical, destaca su manera de inventar nuevas identidades y de descomponer y/o actualizar constantemente su creatividad. Una característica que se deja entrever en el mismo título de la exposición, David Bowie Is, donde después del “ser/estar” no existe una única respuesta.

IMG_4779Exposción David Bowie Is, Museu del Disseny de Barcelona. Foto: Des Marbel

Mientras caminaba por las salas de la muestra, escuchando las canciones de Bowie y observando sus trajes, discos, letras y otros objetos (como la bola de cristal del rey de los Goblins), me sobrevinieron de repente todos estos recuerdos, llamémoslos bowierianos, así como la reflexión sobre la analogía entre los diferentes alter ego de Bowie y el estado juvenil, sobre ese sentimiento simultáneo de inadaptación y crecimiento personal. Justamente, Geoffrey Marsh –comisario de la exposición junto a Victoria Broaches, ambos del Victoria and Albert Museum (V&A) de Londres-, se refirió al propósito de que la exposición pudiera convertirse en una influencia creativa para las nuevas generaciones, que actuara como una invitación a “descubrir el mundo interior” de cada ser, máxima que Bowie siempre defendió.

A la juventud y a sus reminiscencias recomiendo esta muestra, a los fans más o menos incondicionales que, por desgracia, ya no podremos disfrutar de los conciertos de la estrella del Glam Rock y a todos ellos les aconsejo, encarecidamente, que den rienda suelta a su memoria y rescaten o creen nuevos recuerdos bowierianos, porque si algo nos enseñó o puede enseñarnos David Bowie –y todas sus caras- es a sentirnos especiales y únicos, ya seamos chichos o chicas, gays o heteros (o ambos), vengamos del extraradio, de una pequeña ciudad del sudeste o de otro planeta.

David Bowie Is
Museu del Disseny de Barcelona
Hasta el 25.09.2017
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