Reducir la velocidad, incluso, detenerse. Diría que este es el mensaje clave de la exposición La disidencia nostálgica que se encuentra en La Capella de Barcelona, comisariada por Joana Hurtado Matheu. Pararse un momento para recordar y reflexionar, tan sencillo y necesario a la vez en nuestro tiempo. Podríamos afirmar que la nueva utopía de la sociedad –el opio del pueblo contemporáneo- es la tecnología, la cual promete velocidad y, a través de ella, el olvido de todo es posible. La tecnología nos arrastra hacia el progreso, como le ocurría al ángel de la historia y nos promete un paraíso que bien podría ser una copia exacta de las ruinas del pasado. La disidencia nostálgica, o lo que Walter Benjamin llamaba “la dialéctica en un punto muerto”, se detiene y medita sobre el transcurso del tiempo.

Se trata de mirar hacia atrás no para regresar, sino para “coger impulso” hacia el futuro. Reconocer la distancia para emprender el camino. En este sentido, la nostalgia puede servirnos de instrumento para crear una historia alternativa o para recuperar otras historias pasadas, vividas, heredadas o imaginadas, no contadas y darles un nuevo sentido en el futuro. Asimismo, tener la libertad de recordar, de elegir y de imaginar un tiempo mejor, ya que uno no es siempre nostálgico por el tiempo que fue, sino por el pasado que pudo haber sido. La añoranza de un presente y su potencial perdido.

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Lúa Coderch, Nit en blanc abans, 2017. Vídeo digital, 4:3, monocanal, color, sonido, 11′ 17″. Cortesía de la artista y Galeria Àngels, Barcelona

La nostalgia es un sentimiento que compartimos como seres humanos, pero eso no nos impide contar historias muy diferentes, es decir: hay distintas maneras de recordar. La presente exposición distingue, basándose en el libro El futuro de la nostalgia (2015) de la teórica rusa Svetlana Boym, dos tipos de nostalgia que caracterizan nuestra relación con el pasado: restaurativa y reflexiva. La nostalgia restauradora es la más difundida en la actualidad, aquella que pone énfasis en el nostos (el viaje épico del retorno a casa) y que propone reconstruir el hogar o el pasado perdido a su imagen y semejanza. Es la que caracteriza el ensalzamiento nacionalista y la reconstrucción sistemática de los mitos y los monumentos de la historia, adoptada generalmente por las políticas conservadoras. Al contrario,  la nostalgia reflexiva no intenta recuperar una verdad absoluta, ni ensalza o banaliza el pasado, sino que medita sobre la historia y el paso del tiempo.

Los artistas que aparecen en el recorrido de la muestra se sirven de la nostalgia reflexiva o disidente manteniendo una distancia crítica con la historia hegemónica y defendiendo el poder afectivo como un saber individual y colectivo. Desde las artes y las humanidades, es decir, de forma creativa, utilizan el pasado, el presente y el futuro como momentos superpuestos y revelan las fantasías y sueños de una época, ya que es en esta fantasía y sus potencialidades donde nace el futuro. Benjamin, Nietzsche y otros nostálgicos modernos se rebelaron también contra la idea de la irreversibilidad del tiempo y buscaron una temporalidad alternativa, no como una doctrina del progreso, sino como una superposición y coexistencia de tiempos heterogéneos. Pues no existe la historia homogénea y lineal, por mucho que insistan los discursos del poder.

Al inicio de la exposición dos obras nos reciben y anticipan dos conceptos esenciales de la disidencia nostálgica: la añoranza ambivalente y creativa en la figura del exiliado y la búsqueda de otra temporalidad. La primera es un cuento sobre un secreto guardado en la tierra natal de Odó Hurtado, abuelo de la comisaria y exiliado en Francia y México durante la Guerra Civil española. Lejos de su hogar, vivió entre lo recordado y lo soñado y, a través de la escritura, pudo comprender las contradicciones del desarraigo al igual que otros artistas y escritores del siglo XX que vivieron el exilio (Walter Benjamin, Julio Cortázar, George Perec, Igor Stravinsky) y que, como Hurtado, nunca regresaron a su patria. Como nos enseñó el Ulises de Borges –que  al llegar a casa mira hacia atrás en su viaje-, el regreso a casa no significa la recuperación de la identidad, el viaje (al pasado o al futuro) no termina nunca en la imaginación.

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Marine Hugonnier, Towards Tomorrow (International Date Line, Alaska), 2001. Lambda print on aluminium, 300 x 180 cm. Copyright Marine Hugonnier, 2017 / Cortesía de la artista y NoguerasBlanchard, Barcelona/Madrid.

En frente encontramos la obra Towards Tomorrow (2001) de Marine Hugonnier, una fotografía que realizó en el Estrecho de Bering, mirando hacia  Siberia desde Alaska con el propósito de captar la Internacional Date Line, una línea imaginaria que fue fijada por una convención internacional en 1884 y que divide el globo terrestre en zonas horarias, generando una abertura de 24 horas entre los dos territorios colindantes. De este modo, como Siberia siempre está a un día por delante de Alaska, esta fotografía funciona como una instantánea del futuro. La artista, a su vez, invierte la idea de la fotografía como momento mori  que describía Susan Sontag, que captura un instante que acaba de ser y ya es pasado. En esta imagen, se muestra el futuro de ese pasado. La artista cuestiona la forma en la que aprendemos (o nos enseñan) el universo y el tiempo homogéneo, esa noción científica y social compartida, se vuelve obsoleto.

Revisar la historia con un sentido crítico es otra de las cuestiones abordadas por los artistas de la muestra. Deimantas Narkevicius edita, a través de imágenes reales, el desmantelamiento del monumento a Lenin en una plaza de Vilna, pero invirtiendo el tiempo: la estatua se instala y la gente la recibe con aplausos. Desde el presente, altera el orden del discurso histórico para cuestionarnos aquello que se pierde o se gana de los ídolos caídos. Nos vuelve a traer la imagen para que no quede en el olvido, pero la invierte, la ironiza, reflexiona sobre la misma y la somete a debate. Del mismo modo, Francesco Arena reconstruye la mesa donde se firmó la redención de Alemania marcando el final de la II Guerra Mundial e invita a la gente a que camine encima de ella para recorrer, entre todos, los 155 km del muro de Berlín. Una manera de tomar conciencia sobre las decisiones que, tomadas sobre una mesa y desde el presente, afectan al futuro.

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Francesco Arena, Mare della tranquillità, 2013. Metal, madera, 500 x 178 x 75 cm y acción. Foto Martin Argyroglo / Cortesía Galleria Raffaella Cortese, Milano, y NoguerasBlanchard, Barcelona/Madrid.

Mirar hacia atrás, también, para rescatar las historias silenciadas. Así hace el artista Aimar Pérez Galí en The Touching Community / Correspondencia (2017), una investigación sobre el impacto que tuvo el SIDA en el mundo de la danza española y latinoamericana y su relación con el Contact Improvisation, práctica de danza en la que el movimiento se improvisa a partir del contacto físico de dos o más cuerpos. Mientras el Contact Improvisation se expandía internacionalmente como una nueva práctica de la danza posmoderna –una práctica democrática que se cimentaba en la confianza en el otro y en el compartir el peso-, el VIH se expandía igualmente a través del cuerpo produciendo un efecto contrario, aislando a la persona contagiada del contacto con los otros. El artista, más allá de realizar una investigación exhaustiva, pretende rescatar el pasado desde lo afectivo y mantiene, de este modo, una correspondencia con los bailarines que murieron, otorgando voz a los fantasmas de una memoria oral encubierta por la historia hegemónica.

La nostalgia puede servir de intermediario entre la memoria colectiva y la individual, como bien podemos observar en varias de las obras expuestas. Por ejemplo, en la carta rescatada por Danh Vō, perteneciente a Théophane Vénard, un misionero francés ejecutado en Vietnam en 1861 y canonizado en 1988, la cual es reescrita y vendida a demanda por el padre del artista, un refugiado en Dinamarca tras huir de Vietnam en 1979. La carta evoca la historia desde el colonialismo de Vietnam al capitalismo y, en un nivel más personal, da testimonio de la relación padre-hijo y de la nostalgia compartida entre dos emigrados, incluso separados por 150 años. 

Hay una canción que inunda la Capella, convirtiéndose en la banda sonora de la exposición: Logical Song de Supertramp, cantada por la hija del artista Ange Leccia, nos habla de un futuro donde todo era posible, de la nostalgia del potencial perdido y de una adolescencia anacrónica. Justo al lado, Lúa Coderch nos invita a divagar por los rincones de nuestra memoria e imaginación, ya que los recuerdos (propios o apropiados) son la base de nuestros sueños, ya estemos dormidos o despiertos.

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The Atlas Group / Walid Raad, We decided to let them say, “We are convinced” twice, 2005. Impresión digital en color, 111,7 x 170 cm. Colección Fundación ARCO. Depósito CA2M

Una de las imágenes que más impactan y conmueven, quizá por su aspecto sublime, es la fotografía de la asociación ficticia The Atlas Group, realizada durante la invasión israelí de Beirut en 1982 y que representa el rastro de una bomba contemplada desde una azotea de la ciudad. No obstante, se trata de un negativo revelado y ampliado veinte años más tarde, ya deteriorado por el tiempo, que se convierte en una metáfora del país y, al mismo tiempo, cuestiona la conservación o manipulación  del archivo, lo real de la ficción.

Más adelante, Richard McGuire viaja en el tiempo desde el salón de su casa a través de su obra gráfica Here (2014). Mediante dibujos, fotografías familiares y documentos históricos crea una narrativa disruptiva donde la tierra en la que se asienta su casa experimenta toda la historia del planeta, desde millones de años atrás hasta cualquier futuro post-humano imaginable. Por un lado, nos hace reflexionar sobre cómo pueden influir nuestros actos en el futuro y cómo lo privado influye en lo público y viceversa. Por otro, nos invita a pensar en un tiempo simultáneo, donde todo puede estar ocurriendo a la vez. Quizá el tiempo es solo una ilusión preestablecida y esa simultaneidad es más afín a nuestros pensamientos: un revoltijo de recuerdos y proyecciones que van desde ayer, la semana pasada o la infancia hasta nuestros planes y anhelos para el día de mañana.

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Richard McGuire, Here, 2014. Copyright Richard McGuire / Cortesía del artista y Galerie Martel, París.

Por su parte, Julien Prévieux se reapropia de los gestos patentados entre 2006 y 2011 por la agencia tecnológica estadounidense USPTO. El funcionamiento de ciertas máquinas (agendas electrónicas, ordenadores portátiles, videojuegos…) requiere gestos que se definen y patentan incluso antes de que el objeto exista. Tomando nota de que la tecnología actúa como un prescriptor de los comportamientos que se encuentran en la propiedad privada, el artista se apropia de estos gestos y les resta su función utilitaria, yendo así en contra de la idea del progreso.

Otra manera de repensar nuestros gestos puede ser a través del archivo visual del movimiento de Suzanne Perrottet, una de las cofundadoras de la danza expresiva moderna e innovadora en el campo de la educación del movimiento musical y rítmico, cercana al Dada de Zúrich. Para superar la falta de bibliografía disponible en esta nueva área, comenzó a recortar de revistas y periódicos imágenes de movimientos, gestos y expresiones. En 60 años, había acumulado un archivo de más de 10.000 imágenes, las cuales se nos presentan ahora como un imaginario para ser activado y descubrir hasta dónde nos pueden llevar. De nuevo, y a modo de conclusión, rescatar el pasado para activar nuevas posibilidades en el futuro.

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Suzanne Perrottet, Bewegungen / Movements. Giorgio Wolfensberger, “Suzanne Perrottet – Bewegungen / Movements”, Edition Patrick Frey, 2014 / Cortesía Edition Patrick Frey, Suiza.
La disisdència nostàlgica
Joaha Hurtado Matheu
La Capella (Barcelona)
Hasta el 30 de abril, 2017
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