Resulta extraño y casi sorprendente imaginar a Jackson Pollock –aquel expresionista abstracto con esa imagen de genio moderno atormentado, alcohólico, adúltero y misógino– haciendo una tarta de manzana o una salsa para espaguetis.  Pues nos equivocábamos, en parte. Sin desmentir la angustiada personalidad que Pollock pudo haber tenido, la fotógrafa australiana Robyn Lea pretende revelar una nueva faceta del artista –más íntima y desconocida– a través de su libro Dinner with Jackson Pollock. Recipes, Art & Nature (2015).

La inspiración le llegó durante su visita al museo de East Hamptons en Springs, lugar que una vez fue la casa de Pollock y su esposa, la artista Lee Krasner. Allí llamaron particularmente su atención los utensilios de cocina, especialmente la olla Le Creuset y la vajilla Eva Seisel –últimas innovaciones del mercado en aquel momento. Si bien este ejemplo apunta –como dice la propia fotógrafa– a que el artista y su mujer debieron ser grandes amantes de la cocina, también es cierto que se debe a que Pollock fue un “personaje moderno”, de su tiempo y su lugar (los años 40-50 en Estados Unidos) y, además de tener un Cadillac descapotable –con el que acabó, digámoslo rápido, estrellándose contra un árbol–, también tenía los últimos inventos culinarios en su cocina.

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Cocina de Pollock y Krasner, Springs, Long Island © Robyn Lea

No obstante, mientras la modernidad del automóvil estadounidense le quitó la vida, la modernidad culinaria se la daría, aunque solo fuera por algunos instantes o eso parece transmitirnos Lea con este libro, documentado con más de 50 recetas originales recogidas de páginas, sobres o servilletas manuscritas y garabateadas por Jackson, su esposa, Lee y su madre, Stella. Recetas que, acompañadas por fotografías de los platos –realizados nuevamente a propósito de la publicación– y obras del artista, abarcan desde 1945 (año en que se mudaron a la casa de Springs) hasta 1956 (fecha de la muerte de Pollock).

Probablemente este traslado, desde el bullicio del centro de Nueva York a la tranquilidad de un pequeño pueblo costero, fue el deseo de Pollock por volver al hogar de su infancia: una granja donde su madre preparaba suculentas recetas con los productos que su padre cultivaba en la tierra. Así, siguiendo la tradición familiar, el artista y su mujer utilizaban ingredientes frescos y cercanos para sus platos, recogían mariscos de la playa, frutos secos y setas del bosque o verduras y hortalizas de su propio huerto.

Los orígenes de cada plato eran diversos, desde clásicas recetas americanas como la tarta de manzana –con la que Pollock ganó el concurso de la feria anual de pescadores locales y que cada año se ofrecía en subasta – hasta platos franceses, italianos y judíos. Los ingredientes, sin embargo, eran humildes, pues no hay que olvidar que vivían en la época de posguerra y el racionamiento de los alimentos durante la Segunda Guerra Mundial tuvo un impacto significativo en la planificación y preparación de las comidas. De este modo, Lee y Jackson no abandonaron ingredientes básicos como la patata y una de sus recetas más recurrentes era la Potato Pancake de la madre de Pollock.

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Pollock y Krasner en su salón, 1953 © Robyn Lea

El libro, además de evidenciar la vida doméstica del matrimonio, también ofrece las historias –contadas por familiares, amigos y otras personas cercanas–  sobre las cenas, comidas campestres o picnics en la playa que Lee y Jackson organizaban. Un ejemplo lo tenemos en el festín de influencia surrealista inspirado en Siria que Jackson preparó junto al pintor Roger Wilcox y su esposa siria, Lucía. Asimismo, estos eventos gastronómicos también les servían para que prestigiados galeristas, críticos o comisarios de la época pudieran conocer la obra de Pollock en un ambiente apacible (y apetecible).

Por otra parte, Lea encontró otro tipo de recetas en su búsqueda documental: dietas de prescripción médica facilitadas por el Doctor Ruth Fox, un psiquiatra especializado en alcoholismo que trató a Jackson en su consulta por poco más de un año. Una de estas recetas era la de Almejas y Mejillones con perejil y vino blanco, en la que también aparecía la recomendación de tomar cloruro de sodio –posiblemente para ayudar con la deshidratación. Desconocemos si Pollock siguió estas instrucciones, aunque sí es cierto que amaba recoger almejas en la playa y compartirlas con sus amigos. Quizá fue Lee la que más intentó curar a Jackson de su alcoholismo, pues era ella quien le preparaba batidos nutricionales ricos en frutas, sopas de verduras frescas y aderezos saludables, siguiendo los consejos dietéticos de diferentes personas.

Parece que de poco sirvieron, sin embargo, todos estos remedios naturales – pues ya conocemos el trágico final. Pollock se ceñía posiblemente, como apunta Estrella de Diego en su libro Tristísimo Warhol: cadillacs, piscinas y otros síndromes modernos (1999), al modelo de masculinidad impuesto por la propia época, ya patentado por Hemingway: esa imagen de hombre duro, heterosexual, adicto a la bebida y a la violencia, construyendo el mito romántico que el momento exigía. Fue quizá solo en la intimidad de su cocina donde pudo relajarse, sin esconderse o exponerse frente a nada ni a nadie, mientras se dedicaba a la repostería casera, interpretando las recetas de su madre, volviendo a los recuerdos de su infancia.

Sí, tal vez la cocina le trajo algún instante de salvación o auxilio de la vida moderna norteamericana y le otorgó casi tanta importancia como a su pintura, como se atestigua en las palabras de Francesca Pollock, sobrina del artista, en la introducción del libro: “Pintó de la misma forma que cocinaba: utilizando las sobras una y otra vez, conservando y reutilizando, tratando un color o forma y luego otra.  Nunca había ningún desperdicio. Pintar, como cocinar, era una manera de vivir”.

Borscht, izquierda, y detalle del suelo del estudio de Pollock en Springs, Nueva York. Fotografía de Robyn Lea
Borscht, izquierda, y detalle del suelo del estudio de Pollock en Springs © Robyn Lea
Borscht [Sopa de remolacha]
 
Receta favorita de Pollock y su esposa, que proviene de un pequeño 
libro decocina que se incluía con la compra de una batidora Waring 
a finales de los años 40. 

Ingredientes:
   1 kg de remolacha cruda
   1 taza de caldo de carne
   1/2 taza de crema agria, y más para servir
   1/2 limón, el jugo y la ralladura
   1/2 cucharadita de sal
   2 pizcas de pimienta negra recién molida 
   1/4 taza de eneldo y/o cebollino, finamente picado, para decorar
 
Elaboración:
Lavar la remolacha, a continuación, colocar en una olla y cubrir 
con agua fría con sal. Llevar a ebullición, luego reducir a fuego 
lento y cocinar hasta que esté tierna,unos 40 minutos, dependiendo 
del tamaño de la remolacha. Dejar enfriar, luego colar y reservar 
el caldo. Pelar y picar la remolacha, luego colocarla en una 
licuadora con la taza del caldo de remolacha reservado, caldo de 
carne, crema agria, el jugo de limón y la ralladura, sal y pimienta; 
mezcle hasta que esté lisa. Decorar con un remolino de crema agria 
y espolvorear con eneldo y/o cebollino finamente picado. Sirva 
caliente o frío.
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